Hace unos días llegaba a Mónaco. A decir verdad, Mónaco llegaba a mi.

Mis recientes vacaciones fueron a bordo de un crucero. Este tipo de viaje siempre había sido apto “para otros”. Sin embargo, como bien dicen por ahí: “nunca digas nunca“.

Y una a una fueron cayendo las ideas que tenía:


Los cruceros son para viejos

En el que me tocó viajar (el Crystal Serenity) había gente mayor (un 40% mas o menos), pero me sorprendió gratamente encontrarme con gran cantidad de pasajeros de unos 30-50 años, y hasta niños y adolescentes cuando el itinerario no era especialmente atractivo para ellos.


Los cruceros son aburridos

Bueno, hay gente que es capaz de aburrirse en cualquier lado. Pero un crucero, no es para nada aburrido. De hecho, si sigues la programación que cada noche llega a la puerta de tu cabina para el día siguiente, tiene un ritmo tan vertiginoso que si no llevas una buena organización, te pierdes algo.

Hay una agenda de actividades que llenan el día. Entre ellas seguro que habrá cosas que no te interesan (una clase de cómo hacer arreglos florales o doblar servilletas), pero también encontrarás algo que te llame la atención: todo tipo de actividades deportivas, por ejemplo.

Pero además, siempre, tienes la opción de NO HACER NADA. Que para los que vivimos a un ritmo acelerado 50 semanas por año, no está nada mal.

Y “para no hacer nada”, tienes unos servicios impresionantes: una piscina de agua salada climatizada a mas de 12 plantas del nivel del mar, jaccuzis donde remojarte hasta que te saquen como una pasa, salas de lectura o el balcón privado de tu cabina donde dejar pasar el tiempo mirando el horizonte y llamando de tanto en tanto al room service para reponer el platito que se va vaciando.


Los cruceros son caros

Algunos lo son. Como algunos hoteles lo son. Como existe la First Class en algunos vuelos. Pero hay opciones para muchos bolsillos.

De hecho si sumaras todos los servicios que utilizas durante una semana a full, en la misma categoría que los disfrutas a bordo, no sé si no te saldría por el mismo dinero. Quiero decir: si al costo de un alojamiento de categoría, con pensión completa, mas las comidas extras del día, todos los espectáculos, clases y alquier de canchas de paddle (si, ¡en mi barco había 2 canchas de paddle!) y el transporte entre un destino y otro… bueno, los números deben caer a favor de los cruceros en muchas ocasiones.

Y debe ser así porque es una de las tendencias que se afianzan en el gusto de los viajeros, sobreviviendo y reforzándose a pesar de las crisis.


¿Te gustó? ¿Repetirías

Sí, definitivamente. Serán los kilómetros acumulados en mi pasaporte y en mis piernas, pero he disfrutado mucho esta manera de viajar. Sacándote de encima el estrés de los traslados, las esperas en aeropuertos o estaciones de tren, los cambios o cancelaciones… Dejando que los destinos lleguen a ti.

Y mientras, cuando pasas los días en altamar, te dejas mimar, te detienes a pensar qué hacer para no hacer nada, dejas pasar el tiempo rodeada por el horizonte y con una única cita: ¡la próxima comida!

Ahora, al mirar el catálogo de itinerarios de ésta u otra empresa de cruceros, ya lo ves con otros ojos. Y ésto lo saben bien en el barco. Lo pasas tan bien, te sientes tan atendido, que un par de días antes de desembarcar (cuando empiezas a creerte que podrías vivir así para siempre) te dejan sobre el escritorio de tu cabina, como al descuido, una ficha de pre-reserva para tu próximo crucero.

¡Qué tentación!

La experiencia favorable pesa y te predispone a querer repetirla. Esta vez frente a otros paisajes, parando en otros puertos (¿fiordos noruegos?, tal vez).