Dentro de unos días partiré de viaje. No será uno más sino que el destino al que viajo me llena de ilusión y de dudas. Viajo a Yemen.

Después de aceptar la propuesta, en uno de esos arranques de voracidad viajera que me caracterizan, me puse a pensar en las posibles implicaciones de viajar a un destino potencialmente peligroso.

No es la primera vez que estaré en tierras movedizas, turbulentas. Ya les contaré en posts para el anecdotario mis pasos por algunas fronteras y tierras agitadas.

Yemen es un destino que espera cambiar la imagen que tristemente se tiene de él como reducto de musulmanes integristas. De hecho, recibe una contínua corriente de viajeros de países como Italia o Alemania, que han sabido sortear las malas noticias difundidas y perseverar en su afán de conocer.

Me tocará ir y vivirlo en primera persona. Averiguar qué grado de “peligrosidad” se respira en el ambiente y hasta dónde un visitante occidental y mujer, puede moverse en territorio yemení sin complicaciones ( o no).

Por el momento, la adrenalina se me acumula pensando que estaré en Sana’a y en Socotra, mientras leo que se “arreglan” los conflictos con los chiíes del norte, persiguen a uno de los chicos malos por ahí o que Ýemen espera recibir 2 millones y medio de turistas para el 2015.

Un mix de información y emociones que me tienen el pulso acelerado. Y así hasta que vaya y vuelva (espero).

Cuando se plantea un viaje que encierra algún riesgo, ponemos en la balanza las ganas de ver lo exótico, lo diferente, y el temor de lo que pueda pasar.

Los nombres de ciudades y lugares que ansiamos conocer, se mezclan con el de los tuyos, con el ambiente seguro y familiar de tu casa.

Si preparas el viaje con tranquilidad, pensando en todos los “posibles” aunque nunca sean realmente “todos”, creo que la oportunidad se presenta para aprovecharla.

¿Vale la pena?

Si, siempre. Yemen, allí voy.

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Para leer | Yemen, ¿por qué no?, Cinco ciudades antiguas fascinantes en Oriente Próximo