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De cómo terminé compartiendo asiento con dos gallos vivos y ganándome un guardaespaldas con machete

25 enero 2011 por Valeria en Anecdotario Destinos - 5 Comentarios

Viajar en autobús “regular” por el interior de Guatemala, o de otros paí­ses americanos puede darte algunas de las experiencias más surrealistas de tu historia viajera. Eso me ocurrió hace años cuando tení­a que cruzar desde Chichicastenango hacia Coban, rumbo a quién sabe dónde.

En primer lugar, no habí­a un registro seguro de salidas, frecuencias y horarios. Luego supe por qué. Tuve que ir 3 veces en dos dí­as a la “estación” hasta encontrarme con un antiguo autobús escolar americano dispuesto a hacer mi ruta. Los colores inundaban su exterior e interior, como casi todo en Guatemala, en una combinación forzada pero a la que ya me habí­a acostumbrado después de varios dí­as por ahí­.

Puertas verdes, ventanas y dibujos en fucsia, amarillos y rojos varios, con aves multicolores cruzando el techo y multitiud de adornos, borlas, imágenes religiosas y fotos familiares dando vida al interior. El resto, unos asientos angostos y duros como piedras, con un pasamano otrora metálico y en ese momento carcomido por el óxido. Un angostí­simo pasillo que demostrarí­a ser de goma para dar cabida a personas, enseres, equipaje y animales varios durante el trayecto.

La “ruta” era la mí­a, de Chichicastenango a Cobán, pero en última instancia. O sea, que el recorrido del autobús se adecuaba a las necesidades de los pasajeros. Llegarí­a a destino, me aseguraron, pero no sabí­an bien cuándo, me aseguraron.

Fueron 7 horas.

Por suerte, los “extranjeros” (un par de mochileros australianos y yo) habí­amos llegado temprano, con tiempo antes del horario de salida. Aunque fuera de casualidad, ya que no sabí­amos cuál era el horario de salida. La cuestión es que cuando comenzaron a llegar el resto de los pasajeros, llamados por alguna misteriosa fuerza oculta que les habí­a informado de “la partida”, nosotros 3 ya estábamos acampados frente a la puerta multicolor del autobús con nuestros trastos (los aussies viajaban con un didgeridoo, muy práctico para estos menesteres).

No recuerdo bien cuál serí­a la capacidad del autobús pero supongo que serí­an unos 40 asientos angostos donde a duras penas podí­an sentarse 2 jockeys. Entraron mas de 60 personas.

Los “extranjeros” ganamos nuestros asientos a fuerza de empujones y con cierto “dejar hacer” del resto de los pasajeros pero quedamos separados entre nosotros. Menos mal, porque aquellos se pasaron las 7 horas tomando cerveza local y para la cuarta hora de ruta daban vergí¼enza ajena: “No, yo no viajo con ellos“.

Ventanilla, qué bien. No se abre, qué mal.

A mi lado, sobre el pasillo una voluminosa mujer de unos indescifrables años con un niño de unos 8 en su falda, dos bolsas multicolores (of course) y poca conversación. No tení­a idea de nada, o presumí­a de no saberlo y así­ sacarse de encima a la “extranjera preguntona”.

Cuando salimos, el antiguo autobús escolar americano se habí­a transformado por completo. Parecí­a haberse ensanchado con la presión interior de sus ocupantes, incluidos mayores, menores, cajas, maletas y bolsas enormes. Y aplastado, bajo el peso de mas cajas, baúles, maletas y alguna jaula sobre el techo.

Carreteras angostas, poca velocidad. Humo de mil cigarrillos, vahos alcohólicos diversos (y de los otros). Paisajes lentos. Polvo, mucho polvo y una radio local estridente.

El conductor debí­a ser familiar de todos los pasajeros, porque con todos comentaba algún hecho social: bautizos, bodas y comuniones, además de disputas entre pueblos, conflictos por préstamos impagos y el resultado de las últimas riñas de gallos (clandestinas, claro está).

Cada un par de horas se paraba por ahí­, al raso, para que pasajeros y conductor estirásemos las piernas y el que quisiera, corriera a €œaliviarse€ bajo el árbol más próximo. Los €œextranjeros€ intentábamos desenroscarnos de entre las patas de los asientos. Tengo que decir que a mis compañeros de exilio turí­stico les resultaba más difí­cil por su tamaño €œaussie€ y su cada vez más tambaleante equilibrio.

En una de esas paradas, se apeó mi compañera de asiento. Tomó sus bolsas, su niño y su silencio y se bajó del autobús. Quedó en mitad de la nada, sobre la carretera, debajo de un árbol polvoriento. Con orgullo, le calzó una bolsa gigante a su hijo, cargó con otra ella misma a su espalda, y comenzó a caminar por un camino pequeñito, de tierra, hacia una sierra verde. Lejos.

No vió mi saludo de despedida, a través de la ventanilla rota.

El asiento a mi lado se ocupó inmediatamente. Se sentó un hombre mayor, de cabello largo, renegrido, y bigote cuidado. Por equipaje llevaba una jaula, con dos gallos vivos en su interior y un machete colgando del cinturón.

Olegario, se llamaba, y a partir de allí­ se convirtió en mi guí­a anticipándome cada curva del camino, contándome la historia de los pueblos que pasábamos sin ver, tragados por las sierras y la vegetación. Me habló de sus gallos, su orgullo, de su estirpe y sus Valerias. Intentó mostrarme las huellas de la otra parte de la historia: las derrotas. Pero no me atreví­ a mirar, dije que sí­, que qué tremendo, pero no quise fijar la vista en heridas y cicatrices sobre esas cabezas desplumadas.

A todo ésto, llegó otra parada y nos bajamos charlando Olegario, los gallos y yo. Los dejó a mi cuidado mientras se perdí­a pudoroso en un grupo de árboles al costado del camino y en esos momentos de intimidad con los animalitos, no pude sino apiadarme de su destino, mirándolos a los ojos.

Al subir nuevamente al autobús, un pasajero ocupaba mi lugar y me ví­ en la situación de tener que defender mi sitio para no tener que viajar el resto del trayecto parada (faltarí­an unas 2 horas más). Me acerqué al asiento y le dije: €œ- Disculpe, ése es mi lugar.€ Y por un momento pensé que iba a fulminarme con la mirada, emperrado en quedarse sentado. Sin embargo no movió un sólo músculo, sólo giró la cabeza hacia el pasillo, donde Olegario esperaba detrás de mi.

Mi amigo el gallero tampoco hizo mucho esfuerzo. Sólo dijo: €œ- Ese es el asiento de la señorita€. Y movió su mano derecha para rozar el machete que se mecí­a colgando de su cintura. Dejó la jaula en mis manos y esperó. Uno, dos, tres segundos bastaron para que el €œintruso€ reconsiderara la situación y decidiera €œpor propia voluntad€ cederme el asiento hasta final del trayecto.

Acomodados Olegario, los gallos y yo en el antiguo autobús escolar americano, dejamos pasar el camino casi sin decir mas palabras. Se nos habí­an agotado las historias.

Nota: la foto es de David Dennis, lamentablemente todas mis fotos de aquel viaje, antes de la era digital, están guardadas en una caja a mas 10.000 kilómetros de mi. Pero los recuerdos ni se pierden. ni se ponen amarillos con el tiempo.

Actualización: 26 de enero. Los recuerdos no amarillean pero logran clonar gallos de riña. Repasando lo vivido y lo escrito, caigo en la cuenta que era un sólo gallo, al que mi memoria de pez logró duplicar. Mil disculpas.

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5 Comentarios

  • Erick

    He leído tu anécdota con cierto gustico, pues toda la historia se desenvuelve en las mismas tierras que me vieron nacer, y que decir que muchos recuerdo me vinieron de repente, como reflejos de una de un estilo de vida y rutina que fue parte de mi asta hace unos a~os y que probablemente se me refresque mejor la memoria, cuando vuelva de mi exilio xD.

    Saludos!

    febrero 6, 2011
  • Jorge

    Ja, ja, muy bueno. Es de lo mejor que leo últimamente: otro estilo de escribir posts turísticos, diferente y divertido. Recuerdo haber vivido algo así alguna vez en Egipto.

    Sigue en la línea.

    enero 26, 2011
  • Valeria

    No sé por qué, me está dando por sacar anécdotas de mi galera viajera. Hay muchas mas, te prometo seguir contando. Un beso.

    enero 25, 2011
  • Guau que historión Vicky, es que has visto un montón de mundo ehhh

    enero 25, 2011
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    enero 25, 2011

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